CRÓNICAS DE UN VIAJE A JAPÓN: SEGUNDA PARTE

CRÓNICAS DE UN VIAJE A JAPÓN: SEGUNDA PARTE

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Luego de una pausa familiar, volvimos al ruedo y días de largo andar. Nos esperaban 5 extenuantes jornadas en Kioto, antigua capital nipona. Empezamos por el principio, el lado sur: Templos Higashi y Nishi Honganji, el Parque Umekoji, y de pasada, algunas antiguas casas de Geishas, para culminar con el imponente Santuario Fujimi Inari Taisha, uno de los más importantes de Japón, destacado por los miles de Torii rojos que delimitan los 4 kilómetros de camino.

El día 2, tampoco tuvo pausa: arrancamos por Arashiyama, disfrutamos de la paz y tranquilidad de sus parques y su increíble Bosque de Bambú. El itinerario seguía por la zona este: designado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1994, el Templo Kiyomizudera, es una visita obligada. Aunque su nombre nos refiera a una unidad, este templo es en realidad un enorme conjunto de templos y recintos religiosos.

El tercer día fue jornada completa en Nara, donde lo ciervos Sika pasean libremente por el parque, saludan respetuosamente y se dejan alimentar por quien así lo desee: galletita en mano, una reverencia y adentro! Sus templos y sus pagodas de 5 pisos gigantes, sus puertas exuberantes y una enorme imagen de Buda, la cultura japonesa, no escatima tamaño a la hora de rendir culto, todo es tan imponente como respetado por la comunidad. Los Jardines Isui-en, que explica (y nos remontó) a nuestro Jardín Japonés porteño.

Promediando la estadía en la antigua capital, nos hicimos una escapada hacia la tercera ciudad más grande de Japón, Osaka. Tan distinta del resto de ciudades japonesas, esta región tiene algunos aires latinos. Sin perder la amabilidad y cordialidad tan característica de estas tierras, su gente es mucho más directa y ruidosa que la de otros pueblos; y su comida al paso, una tentación constante. Lógico, infaltable divisar su torre, pasear por el puerto y la bahía de Osaka. Ya de vuelta en Kioto, la noche tenía cita obligada con la Copa del Mundo, Japón disputaba la clasificación a octavos de final y qué mejor experiencia que infiltrarse entre los locales para vivir desde adentro este partido: entre cervezas, choques de palmas, abrazos y absurdos festejos (festejan desde los laterales hasta las repeticiones de las jugadas), finalizamos el día a puro fútbol. Amanecimos dispuestos a ir por más. Nos esperaba el famoso Pabellón de Oro, el Templo Kinkaku-ji, tan admirable como brillante, designado Patrimonio de la Humanidad y Monumento histórico de la antigua Kioto, con sus paredes recubiertas con láminas de oro.

Otra vez las valijas y un nuevo destino. Tren, subte y ferry: desembarcamos en Miyajima, una isla muy cercana a la ciudad de Hiroshima. Nuevamente, nos predisponíamos a vivir una experiencia oriental completa, y evidentemente no fuimos los únicos en así decidirlo. Las calles se llenaron de visitantes que, sin ningún tipo de vergüenza, salían a pasear con las yukatas (una versión más casual y fresca del kimono muy común en verano, que también es utilizado como pijama) que brindaban en los alojamientos tradicionales. Ostras, el Santuario de Itsukushima, uno de los santuarios sintoístas más lindos y mejor preservados de todo Japón, construido sobre el Mar Interior de Seto y reconocido por su gran Torii flotante, y el Parque Momijidani fueron los infaltables de nuestra visita. Otra vez, un Ryokan con sus pisos de tatami, un baño en las aguas termales del Onsen, su comida típica de la región: el okonomiyaki, una vuelta nocturna por el Santuario, ya con la marea alta, y a dormir, que a las 3am volvía a sonar el despertador para alentar, esta vez, a nuestra la Selección.

Ferry y subte, ya del lado del continente, llegamos a Hiroshima, ciudad de la Paz. El 6 de agosto de 1945 a las 8:15 am, a 600mts de altura, hizo explosión la bomba atómica sobre el centro financiero y político, dejando en ruinas toda la ciudad. Murieron 140.000 personas, y generó por años secuelas radioactivas en el resto de sus habitantes. Desde ese momento, Hiroshima se reconstruyó, sin rencores y con mucho sacrificio, siendo reconocida desde 1949 como La Ciudad de la Paz. Lo que hoy se conocer como la “cúpula de la bomba” fue el único edificio que –apenas- mantuvo su estructura (era el Salón para la Promoción Industrial). Es por eso, que alrededor de esta estructura, construyeron el Parque conmemorativo de la Paz, con una llama simbólica en el centro del parque que nunca se apaga como símbolo de reclamo por la paz mundial, el Museo de la Paz, los distintos monumentos en homenajes a los estudiantes, a los niños y otras víctimas, el cenotafio y más. Un lugar plenamente conmovedor. Imposible pasar por aquí sin movilizarte.

Último destino: Okinawa, el Japón más tropical. Está clarísimo que Okinawa se mueve a un ritmo totalmente distinto al resto del territorio nipón. Una gastronomía única, paisajes increíbles, un exotismo realmente encantador. Con la intención de un descanso en esta isla y, por qué no, un poco de playa –teniendo en cuenta este archipiélago posee 160 islas paradisíacas-, los planes se fueron amoldando a la incertidumbre del clima: un tifón afectó la zona y dejó lluvias por varios días para nuestra despedida de este gran país. No obstante, habiendo recorrido Naha, capital de Okinawa, sus calles repletas de comercios, restaurantes y atracciones; su mercado local, con especies marinas de todos los colores y tamaños, y de haber paseado en el monorail, nos escapamos en el primer ferry que pudo zarpar hacia la Isla de Tokashiki: un paraíso cubierto de nubes y lluvia constante –que suerte, no?-, pero firmes con nuestros planes, si nos mojamos con agua de arriba, por qué no mojarse con agua de abajo. Sambullida obligada en el Mar de China que, fiel al concepto de “tropical”, nos regaló agua cálida y cristalina, a pesar de la lluvia, como broche de oro para cerrar este viaje.

Allá, del otro lado del mundo, el equilibrio perfecto entre tradiciones milenarias y la modernidad más imponente. Japón es mucho más que turismo, es historia, es cultura, es tradición. Es pensar de otra forma, es saborear otros gustos, es escuchar los silencios, es contemplar la belleza más mínima. Sencillamente, es viajar al interior de cada uno.