Despétalos

Despétalos

Mis pestañas son pétalos de margaritas. Blancas margaritas capilares que nacen del párpado tallo y apuntan al mundo protegiendo al ojo raíz.

Me quiere, me arranco una pestaña, no me quiere. Otro pétalo fino y largo que estiro con mi índice y pulgar y lo saco de cuajo. Me quejo bajito, nada de gritos, no sea cosa que me escuchen los vecinos cuando estoy arreglando mis problemas de jardinería anatómica. Y así me voy deshojando de a poco, a veces un poco de savia carmesí me cae desde el párpado y me nubla un poco la vista, pero no hay nada que un abrir y cerrar de pétalos no pueda despejar.

No me quiere. El pétalo de pelo hace ¡pic! cuando lo arranco y me detengo un ratito, examinando con detenimiento mi próxima víctima petálica.

Me quiere. Una sonrisita dolorida que sabe que perder un pétalo más no es nada en comparación con lo que puedo ganar si mis ojos de margaritas me conceden un resultado favorable. El muchopoquitonada no sirve. Los pétalos deben dividirse en números pares. Cada uno contrario al anterior, completando la poda y acercándose a la decisión unívoca que sólo una flor puede dar.

Me quedan pocos, me voy acercando cada vez más al final y me veo más claramente los párpados tallos, limpios como una playa desierta con dos o tres caracoles molestos. Entonces me pierdo un rato escuchando el ruido del mar en uno de los caracoles. Esa especie de ruido blanco.

Y el caracol me susurra en el ojo el sonido de todo que es el blanco y en la raíz-ojo la pupila nada en un mar blanco, como el ruido.

Entonces ya tengo lista la pinza índice-pulgar y cuando apunto y cierro las yemas sobre el pétalo que antes era caracol me doy cuenta que me olvidé por donde iba.

¿Me quiere? ¿No me quiere? ¿Qué hago?

¿Y si le pregunto?