El whisky, la poesía y vos

El whisky, la poesía y vos

Hace un montón que no te escribo, perdoname. ¿Qué te puedo contar? No fue un año fácil.

Si supieras la cantidad de veces que pensé en vos y en Rubén, en su forma de relacionarse, no te llamaría la atención; calculo también que ya lo sabés porque de algún modo seguís por acá. En estos meses también me di cuenta de que lo primero que se me olvidan son las voces y me dolió.

Hacían parecer tan fácil el amor. Y para mí, a veces, es tan complicado. Por ahí vos tenés mucho que ver en esa idealización; no lo sé. Esta semana mamá me contó que mi necesidad -casi obsesiva- de planificación y estructura la heredé de vos. Podría haberme copiado en algo un toque más copado, ¿no? Pero es lógico también: de los que uno quiere, se hereda lo bueno y, evidentemente, lo insoportable también. Y cómo no heredarlo si durante 15 años de mi vida fuiste mi ejemplo, mi estrella, mi lugar seguro.

Por acá estuvo todo medio complicado, ahora parece que está amainando. Como siempre, mientras la vida no estuvo tan linda, me refugié en los libros. Ni vos ni el tío estarían contentos con todo lo que está pasando en el país: vaciamiento de ese Estado que tanto quisieron y en donde trabajaron toda la vida; violencia de género en cada esquina; mucha pobreza e injusticia. El otro día me reía recordando cómo se calentaba Rubén cuando en los ’90 decían que los trabajadores del Estado eran todos ñoquis. ¡Lo mismo que dicen ahora!

Me encantaría fumar un pucho y tomar un whisky con vos, pero te me fuiste muy pronto. Si hay un lugar donde nos reencontremos, quiero que seas mi primer abrazo. Fueron tantos los momentos; tan cotidianos e insignificantes; tantos otros trascendentes. Pero tan poco el tiempo. Por eso, cuando nos volvamos a reír juntas, vamos a tener incontables horas para que te ponga al tanto de todo y vos me respondas tantas preguntas como cuántas veces te enamoraste, cuál es tu mejor historia, cómo fue tu primera noche cuando te mudaste sola, cuál es tu lugar favorito en el mundo, si estás orgullosa de la mujer en la que me convertí.

Hace poco me di cuenta que empecé a escribir pocos meses después de que ese cáncer de mierda te haya robado de mi vida y lo relacioné con que fue mi manera de canalizar tanto enojo y tanta bronca. La noche que decidí irme a vivir sola te escribí algo bastante lindo, pero con estos temas de la tecnología lo perdí. Hace 3 años, quería llevarte en la piel y no encontraba ningún diseño que me gustara, terminé tatuándome algo referente a la libertad y a escribir. Hace no tanto, la abuela me regaló una carpeta tuya de hojas convertidas en amarillas por el paso del tiempo. Llegué a mi departamento, la abrí y entendí que hacía tres años, sin darme cuenta, te llevo en la piel. Porque vos también escribías y te gustaba tanto la poesía como a mí (siempre creí en las causalidades).

En fin, estoy bastante a mil y me tengo que bajar del bondi. Mientras tanto, cuando lo necesito, te hablo por acá, Beba. Te escribo mucho menos de lo que me gustaría pero por ahí es porque te llevo siempre, todo el tiempo, en mi corazón.