HISTORIAS DE #MIPAÑUELOVERDE

HISTORIAS DE #MIPAÑUELOVERDE

Se dice que el “mundo es un pañuelo” cuando se quiere expresar que no es tan grande como parece y, hoy, las calles argentinas te dejan esa sensación. En el subte, el colectivo, en el tren: seguro te cruzaste con uno. Son como brotes verdes copando las calles. Supieron llegar a las ciudades y a los barrios. Supieron instalarse en las casas, en los colegios y en los trabajos. Y también llegaron a los medios, y se agitan al ritmo de un sólo grito: seguro, legal y gratuito.

Cada una de las siguientes historias coinciden en un punto: no sólo en el interés por visibilizar una lucha, sino en que la decisión de llevar el pañuelo, #MiPañueloVerde, de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto atado a sus bolsos las hizo, muchas veces, ser parte de un guiño o una sonrisa cómplice ante una desconocida. Todo a raíz de un mismo código: un color verde militando en sus espaldas.

Malena Sánchez es estudiante de Psicología y tiene 19 años. “A mi amiga de la facultad la conocí en el curso de ingreso y por el pañuelo: se me acercó preguntando dónde lo había conseguido. A la semana fuimos juntas a la marcha del 8M. A nosotras nos unió el pañuelo y lo que simboliza, nos juntó la fecha, el feminismo”, asegura. Además relata que “era de las que justificaba el aborto sólo en casos de violación” y que hoy le da “vergüenza” recordarlo. Entender que abortos se hicieron y se hacen la hizo cambiar de opinión: “La diferencia está en quienes pueden pagar una buena clínica y quienes deben realizarlo en la clandestinidad, poniendo en riesgo su vida”.

Carolina Silva tiene 21 años y vive en General Roca, provincia de Río Negro. “Pocas compañeras tenían el pañuelo de la Campaña porque sólo llegan a las ciudades más grandes”, explica. Sin embargo, eso no les impidió hacer un #Pañuelazo: un poco de tela y pintura y salieron a las calles. Ahora hay una cooperativa local de mujeres llamada ChiTra que los hace y los vende. Caro pudo obtenerlo a través de ellas y afirma que, sin dudas, están “pintando la ciudad de aborto legal”.

A Delfina Martínez se lo regaló su amiga y compañera de marchas. Tiene 20 años y cursa Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Dice que la primera vez que lo llevó atado a su mochila sintió que le iban a tener que “curar el ojeo de tantas miradas penetrantes” que recibió. Pero, también, sintió las miradas orgullosas de sus compañeras.

Soledad Gómez es del partido bonaerense de La Matanza, tiene 26 años y cree que llevar el pañuelo es “una forma de identificación personal y colectiva”. “Conseguí el pañuelo en una de las concentraciones en el Congreso. Ese mismo día me subí al subte y había un hombre que estaba predicando pero cuando me vio con el pañuelo empezó a comparar al aborto con el Holocausto. Lo bueno es que cerca mío había un chico que estaba atónito como yo. Nos bajamos en la misma estación y cruzamos la misma cara de indignación y vergüenza ajena”.

Lourdes Doti tiene 22 años y ató su pañuelo en 2014 cuando se formó para dar consejerías de aborto: “En ese momento no éramos la multitud que somos hoy. No sólo se multiplicaron los pañuelos en las calles, sino que ahora también lo llevan colgado tortas y trans. Con mi grupo de militancia decidimos colgarnos el pañuelo para ser reconocidas por personas que necesitaran contención para interrumpir su embarazo: formamos redes de salud con profesionales que militan el aborto legal y gratuito, formamos bancos de pastillas de misoprostol para quienes no podían pagarlas, todo desde la militancia”.

“No es sólo una cuestión de género, es también una cuestión de clase y una política de Estado”, reflexiona Carmela Ambrosini. Ella lo consiguió en una marcha el año pasado pero fue hace poco que se lo colgó en la mochila. “Me parece una forma de manifestación permanente”, dice. “¿Un situación linda? Cruzarse con chicas o chicos que también lo llegan colgado y mirarnos con una sonrisa”.

Sofía Almada es estudiante de Medicina en la Universidad de Buenos Aires y ahí consiguió su pañuelo. Lo lleva en la mochila porque la legalización del aborto es “una deuda que todavía no saldamos”. Afirma que la cuestión filosófica de «vida sí o vida no”, opaca la realidad y que “necesitamos leyes que acompañen a este movimiento garantizando a que las personas gestantes tengan derecho sobre su propio cuerpo”. Por último, hace referencia a la ley de Educación Sexual Integral: “No la están cumpliendo”.

“Asesina”, así le dijeron a Angie Córdoba mientras estaba en el buffet de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. “¿Las que usan el pañuelo verde son las que están a favor de que maten bebés, no?”, disparó una piba. Angie dice que intentó explicarle “de mil formas” que no era así. No pudo. Pero prefiere quedarse con lo otro: los “se va a caer” que le susurran en la calle otras compañeras.

“No puedo evitar sonreírle a la gente que también lo tiene”, dice Camila Martínez. Vive en Villa Pueyrredón y tiene 20 años. “Sentís que lo estamos logrando”, enfatiza. Para ella llevar el pañuelo es una forma de lucha diferente, ya que no siempre puede ir a las marchas por sus horarios de estudio o trabajo.

Yazmín Fernández es de Caseros, tiene 22 años y es fotógrafa independiente. “Me até el pañuelo porque esta lucha no se tiene que ver sólo en las marchas, sino en el día a día”. Agrega que lo lleva encima, también, para demostrar que “por estar a favor del aborto no vamos a ir todas a abortar”: Yazmín está embarazada de tres meses (“pero con una panza de cinco”, dice).

Si Argentina es un pañuelo, está claro: es de color verde y exige el aborto legal.

Ph Rochi Filippini