JAPÓN NO ES SÓLO TOKIO, ES MUCHO MÁS

JAPÓN NO ES SÓLO TOKIO, ES MUCHO MÁS

Junio 2018, un país entero palpitaba el comienzo de un nuevo mundial de fútbol; esta vez toda la ilusión se centraba en la Copa a disputarse en Rusia, pero para ser sincera, por acá había otras emociones. La ilusión era doble y el centro de atención se desviaba unos kilómetros al sureste de Rusia… Junio 2018 para mí tenía otro destino: JAPÓN. Un sueño, mil sensaciones, otras tanta emociones. Sonaba muy prometedor.

Argentina debutaba versus Islandia y el partido calzaba justo en la escala en Houston. El destino final? Tokio. El reloj empezaba a enloquecer, de atrás para adelante y de adelante para atrás. Los horarios, el contacto con los que quedaron por estos pagos, perdían la coherencia. El resto de los partidos, fueron a altas horas de la madrugada.

Tokio, lo más occidental de oriente, lo menos japonés de Japón. Calles y callejones; pulcritud y amabilidad; un caos sumamente ordenado; sus luces, sus colores, su gente: todo rozaba la perfección. Primer día en la cosmopolita capital de Japón, mucho por recorrer, otro tanto por descubrir… solo había que organizarse y tomar buenas decisiones. En esta mezcla de lo ultramoderno con lo más tradicional del mundo oriental, esta ajetreada ciudad nos ofreció más de lo que imaginábamos.

De recorrida por una de las avenidas principales del barrio de Roppongi, en el centro de Tokio: un estilo Las Vegas japonés, lleno de luces, bares, boliches, multitudes… una bocanada de modernidad en lo tradicional de la cultura, nos topamos con una estructura imponente y extremadamente luminosa: la famosa Torre de Tokio. Su parecido a la Torre Eiffel podría hacer dudar a algún distraído sobre en qué ciudad estás; después de todo, esta torre de comunicaciones ubicada en el centro de la ciudad basó su diseño en la conocida Torre de París.

Aún con el jetlag jugando su juego, sobraban ganas de conocer todo lo que Tokio nos ofrecía: Shibuya con el cruce más transitado del mundo;barrios como Asakusa y Sumida, su templo Senso-ji y sus calles tradicionales, la Tokio Skytree los barrios de Ueno y Nihonbashi. Largas jornadas, sin prisa pero sin pausa; paseos llenos de cultura, de sorpresas, de insertarse en un mundo tan distinto al nuestro.

El monte Fuji, difícil de dejarse ver, no hizo la excepción en nuestro paso por Hakone. Escondido entre las nubes sólo dejó entreverse para quienes íbamos atentos al paisaje en el tren. Yokohama, nos regaló un día a pleno sol, unos mates entre sus jardines y su costanera; unos niños sonriendo volviendo a casa y por supuesto, algunas que otras fotos con su torre de fondo. Y sí, no hay ciudad que no tenga su propia torre.

Más cancheros con el horario, las 12 hs de diferencia ya empezaban a pesar menos. La lluvia nos confirmaba lo que muchos decían: en verano es común que llueva. Con las miradas alertas en todos los detalles a través de los famosos paraguas transparentes, fuimos destino al epicentro de la moda y el barrio más friki y pintoresco de Tokio: Harajuku. Infinidad de colores mostrando un espectáculo callejero, el sumun del Cospley, el preferido de las tribus urbanas más extravagantes y un paseo obligado que nos adentra en esta cultura joven japonesa.

Claro que existen otras visitas obligadas, como por ejemplo el Palacio Imperial, residencia oficial de la familia imperial japonesa y los Jardines Orientales de Palacio, única parte abierta al público. Paseando por los jardines: las causalidades o casualidades. Nos encontramos presenciando un concierto de la Imperial Guard Band, un momento inolvidable. Luego de esta experiencia, nos esperaba un gran contraste de lo vivido en la próxima parada: Odaiba, una isla artificial situada en la bahía de Tokio, con excéntricos centros comerciales, hoteles de primera clase, playa y atracciones destinadas a incrementar el turismo, claramente, un tanto distante de las costumbres tradicionales de oriente; su Rainbow Bridge y su réplica de la Estatua de la Libertad, ofrecen un paisaje tan hermoso como –quizá- occidental.

Japón no es sólo TokioJapón es mucho más! Por eso, valijas en mano, nos despedimos de la vorágine de la capital hacia la tradición más pura. Nos adentramos en la calidez de Yamanouchi, la cortesía de su gente y su atención. Tranquilidad extrema, verdadera cultura nipona: dormir en un alojamiento tradicional como el ryokan, con sus pisos de tatami, experimentar sus onsen –baños tradicionales japoneses, con aguas termales de origen volcánico- y terminar el día con una cena bien tradicional.

Seguimos viaje. Bienvenidos al Japón Antiguo: Takayama, como si hubiésemos retrocedido en el tiempo, nos encontramos con un Japón de antaño. Calles estrechas, casas de madera del periodo de Edo, familias enteras con sus vestimentas tradicionales y destilerías de sake en el perfecto entorno de los Alpes japoneses. Como si camináramos por las hojas de un libro de cuentos nos maravilló de principio a fin con sus paisajes, el contraste de sus colores, sus sabores (prohibido perderse la carne de Hida), y sobre todo, prohibido perderse el contacto con su gente.

La siguiente parada en esta recorrida por tierras japonesas, guarda mucha historia. No era una ciudad más, no era sólo turismo. A Gifu iba a buscar mi historia, a pisar la tierra de origen, a conocer más de mi sangre. Un torbellino de sentimientos, un arrebato de emociones: pisar el mismo suelo que vio que crecer a mi abuelo, encontrarnos con familiares desconocidamente conocidos, olvidar las fronteras y converger en un mismo apellido, una misma historia. Costumbres, tradiciones, lenguajes y formas tan distintas pero tan iguales, un mismo legado. Sonrisas, abrazos, memorias, recuerdos, árboles genealógicos, y otras tantas risas, valieron el viaje.

Continuará.