La oveja negra

La oveja negra

Desde que tengo uso de razón quedé afuera de los círculos. No hablo de esas cosas banales como salir a bailar, tomar una birra en la esquina, hacerle ring raje a media cuadra, pintar con aerosol el nombre de alguna banda amiga en la pared de un establecimiento público, gritar groserías, jugar un partido en la plaza, meter cohetes en botellas de vidrio, mirar pornografía durante toda la madrugada o robarle caramelos al kiosquero del barrio. No, no me refiero a esas estupideces que hace hasta el más inocente.

Cuando era pibe me crié con un hermano que emanaba rebeldía por los poros: un adolescente de 16 años que me inyectaba Fun People, Sudarshana, Flema, 2 Minutos, y un montón de bandas más -a escondidas de mi viejo-. Me compraba remeras de Pearl Jam, cadenas para enganchar en mi bermuda negra o colgaba la cara de Kurt Cobain en la pared del cuarto. Un resentido de las buenas costumbres, criado por una familia tipo que mantenía impecable los ideales que te inculcaba la televisión de la era menemista.

Igualmente, supe desprenderme de todo eso que a él lo transformaba en el desertor de la familia y logré crear mi universo paralelo. Claramente, no pude alejarme demasiado. Pero entendí que los límites existen y que pasarlos tiene consecuencias dolorosas. Así y todo, siempre me quedé afuera de los círculos. Cuando mis amigos hablaban de música, no los entendía. Cuando idolatraban a sus ídolos, no los entendía. Cuando usaban pantalones con rayitas o piolines rollingas en el cuello, no los entendía. Cuando no entendían mis gustos, no los entendía.

Nunca compartí un recital, nunca lloré con ellos escuchando una canción, nunca filosofé sobre el contenido de las letras rebuscadas de artistas sobrevalorados, nunca pasé una vigilia para ver por dos o tres horas a una persona. Ese sentimiento reticente a ser parte del montón me llevó a incubarme en el interior de un monoambiente sin balcón ni terraza -que dolió durante muchos años-, hasta que logré comprender que mi concepción no era errada.

Crecí pensando que iba a estar solo en todos los ámbitos de mi vida. No digo sólo físicamente, sino internamente. Pero toparme con esos muros solitarios de espesores inconmensurables hizo que la guerra contra la adultez sea un juego de niños. Aprendí a escuchar, a leer, a ver, a sentir. Básicamente, aprendí a entender. Nunca ingresé en los círculos, pero me compré plateas para mirarlos desde cerca. Quizás sea la manera más sincera de acercarme al resto, aunque todavía no tengan ni la más puta idea sobre cómo entenderme.