LOS ESPÍRITUS CON LOS TAPONES DE PUNTA EN AUDITORIO SUR

LOS ESPÍRITUS CON LOS TAPONES DE PUNTA EN AUDITORIO SUR

La fría noche del viernes no acobardó a nadie. Desde antes de las diez de la noche (hora citada en la entrada), la gente pululaba por los alrededores de Auditorio Sur y se dejaba intimidar por cervezas frías, vino y fernet que, al igual que este público, no conocen de clima.

A las once de la noche ya copaban el recinto buscando recovecos que captaran la mejor vista posible. Todavía tranquilos, sin impacientarse, fueron ocupando sus lugares y echando a patadas al frío que también intentaba colarse en Auditorio. Muy pronto, todo parecería una soleada primavera.

Los Espíritus salieron a la cancha media hora más tarde con Mares. Sin teloneros, sin invitados ni suplentes, ellos son todo lo que prometen y más. Ellos son Maximiliano Prietto y Santiago Moraes en voces y guitarra; Martín Ferbat en bajo; Felipe “Pipe” Correa en batería; Miguel Mactas en guitarra y Fernando Barreyro en percusión y coros. Los primeros toques lo completaron Mapa vacío, La mirada y Jugo; la estrategia ganadora: Agua ardiente, un poco de Gratitud y otro poco de Los Espíritus para pasear así por toda su discografía.

Hay canciones para todo. Algunas son joyitas que piden grabar un video entero, para el recuerdo; otras ameritan sólo una historia de Instagram. Hay temas para mandarle en audio a un amigo y otros que son himnos para disfrutar sin el celular en mano y con ojos cerrados. Algunos piden subir a hombros y alentarlos desde bien arriba; otros reclaman abandonar la tranquilidad de la platea y mezclarse en la popular. O la contracara, hay temas para ir al baño o a comprar algo a la barra. Todo es muy subjetivo y cada uno asigna el set-list en la categoría que mejor le quepa.

Así pasaron Perdida en el fuego, La crecida, Noches de verano, El gato, Luna llena, Huracanes y El viento. Aunque Perro viejo, Negro chico y Jesús rima con cruz fueron probablemente los que entraron de cabeza en la cuarta y quinta categoría, aquellos para disfrutar en tiempo y espacio, que se sintieron y vibraron como un gol de media cancha. Y puedo decir casi con seguridad, aunque la marea de gente nunca se detuvo, que ninguno entró en la última, que este partido de noventa minutos se vivió con intensidad y goce hasta el pitido final.

Una peculiaridad que puede o no llamar la atención es que la banda no interactúa mucho con el público, más que un “buenas noches” luego de los primeros temas y algunos “gracias” sueltos por ahí. Lo que no quiere decir que hayan estado desconectados, por el contrario, sirviéndose de lo gestual fueron capaces de expresar la gratitud y la sorpresa ante cada efusividad del público, que jugó su propio partido, que alentó hasta el final, que pedía una más, que no se quería ir. Las palabras no eran necesarias porque ante todo eso sobraban.

La fuerza del público los sacó al escenario dos veces más ante el amague de terminar el show y les arrancaron tres goles de último minuto: Lo echaron del bar, La rueda que mueve al mundo y Las sirenas.

Con siete años en carrera, un sonido potente y letras que apelan a lo barrial y popular, la banda presenta un poder de convocatoria impresionante. El fuego que los unió una vez parece que los encuentra cada vez que se suben al escenario. La pelota echa a rodar y así es como ocurre la magia.