LOS RECUERDOS DEL CAFÉ

LOS RECUERDOS DEL CAFÉ

Mis viejos me criaron cerca de una casa que producía café artesanal. Un lugar chiquito, imperceptible, alejado de la hecatombe social del barrio. Su esencia se perdía por las esquinas -en una cortada que moría en menos de lo que se tarda en caminarla- e invadía las avenidas sin permiso alguno. Sepan entender que mi barrio siempre se caracterizó por tener olor a humedad, rastros de basura quemada y la fragancia a mierda que emana aquel río que alguna vez nos prometieron sanear: el Riachuelo.

El café tiene un olor inolvidable. No sólo por lo que es, sino porque te lleva a lugares que únicamente renacen gracias a su perfume. No estamos hablando beberlo o no, sino como despertador del inconsciente. Porque la cabeza funciona así: olvida, desprende, anula, desarma, destruye. Lo que no sabe es que de alguna manera vamos a revivir esa parte gris. Ahí es donde el néctar colombiano entra en juego.

La sonrisa de mi abuela siempre venía con un tazón de café con leche. Me sentaba debajo de la parra, al lado del criadero de las gallinas, con ese olor a chiquero rural que un pibe de ciudad cataloga como hediondo, e intentaba terminar mi merienda de incontables sorbos dulces.

Las mañanas en el colegio, algunas tardes con mis amigos, incansables esperas en el hospital, los consejos de mis vieja, el estudio a las corridas, resacas, desvelos, amaneceres, besos de por medio, charlas interminables, buenas noticias, malos recuerdos, amor, separación, trabajo, ideas, pensamientos, angustias. El corazón está repleto de callejones sin salida. Incontables idas y vueltas que nos dejan presos de nuestra propia realidad.

La vida, muchas veces, está ahí: en los recuerdos del café.