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Una mañana gris de agosto conocí Jujuy, con el sabor amargo de diez hojas de coca hechas una bola dentro de mi boca. De a poco, el sol asomó y con él también los violetas del Cerro de los siete colores que me daban la bienvenida a Purmamarca.

Sin aliento y maravillada respiré profundo ante tanta belleza, me hizo falta estar a 4170 metros de altura para agradecer el paisaje. Siete meses más tarde, me animé a escribir sobre él: imperfecto e imponente ante mi pequeña humanidad.

Una vez en Purmamarca observé el trabajo detrás de los colores, la textura y variedad que caracteriza a la puna argentina. Sin embargo, a mí me quedaron impregnados en el corazón la mirada cabizbaja y el hablar pausado de cada artesano de allí.

Camino a Salinas Grandes, el sol me encandiló por completo, pero aún así pude apreciar las iglesias y cementerios al costado del camino. Tierra de creyentes y revolucionarios, personas comunes y corrientes que enseñan a amar lo que la madre tierra les da.

“Dice la eterna leyenda que a Jujuy siempre se vuelve”, recitó el folclorista Jorge Cafrune más de una vez y creo firmemente en ello. Por lo que prometo en estas líneas regresar para maravillarme con sus colores y bailar cientos de carnavales.

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