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Cuando me dicen que lloro por todo, me justifico diciendo que no es así: lloro solamente porque me desborda el amor que siento adentro. Me desborda el amor en los abrazos, por los ojos, en cada palabra que digo y en cada cosa que hago.

Me desbordo porque cuando pienso que no se puede amar más a alguien, lo cotidiano, la familia, el contexto y los gestos se encargan de demostrarme que sí es posible y que me está pasando. Sí, porque desbordarse no siempre tiene que tener una connotación negativa. A veces, significa sentir esta necesidad imperiosa de explotar abrazando bien fuerte a alguien y decirle “te amo” con tanta sinceridad y con tantas ganas que el mismísimo amor se sorprendería.Pronunciar esas palabras con la fuerza que merecen y haciendo que todo lo demás, por ese instante, deje de existir.

Y ahí caes. Caés en la realidad, vulnerable en el abrazo y fuerte en la mirada del otro. Caés en la realidad que es ésta y es tuya. La realidad que elegís hoy y que querés elegir todos los días. Esta misma realidad que tanto te costó creer y que hoy confirmás con cada caricia y con cada mañana. Que se hace todavía más real en cada conversación y más vívida con cada mirada. Esta realidad que se siente tan acompañada en cada paso que da. Entonces si de esto se trata llorar por todo, entonces sí, lloro por todo. Lloro por todo lo que me hace sentir viva.

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