SOBRE EL HABITUS DE ABRAZAR

SOBRE EL HABITUS DE ABRAZAR

Corría marzo y hacía calor. Mi hermana y yo estábamos en la puerta del Malvinas esperando un mensaje de Magalí que dijera que el micro estaba cerca, buscando lugar para estacionar. A veces le ponen hasta 9 horas desde Mar del Plata. No había pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos, poco más de un mes. La esperábamos con fernet (que nunca nos falte), aunque sabíamos que ella traía también.

Cuando la vimos doblar la esquina corrimos hacia ella, y cuando nuestros caminos se hicieron uno, nos abrazamos las tres bien fuerte. Fue nuestra mejor manera de decir «te extrañamos». Nuestros encuentros duran lo que un recital y abrazar nos hace sentir de alguna manera más cerca, nos da la sensación de que aprovechamos el tiempo que nunca es mucho. Antes de entrar, nos sacamos una foto que describiré lo más fielmente posible: las tres achinadas de sonreír, apretujadas, enfundadas en un abrazo de manos y piernas.

Según el diccionario, abrazar es el acto de rodear con los brazos a alguien como muestra de afecto, cariño, felicitación, etcétera. Aunque hay cosas que no debería definir el diccionario, porque este verbo es mucho más que eso. Simplemente debería limitarse a recomendar: experiméntelo, practíquelo diariamente. Camine al encuentro del otro abriendo los brazos en señal de espera, acérquese, no tenga miedo. Estire los brazos y rodee con ellos el cuerpo del otro. Apriete con fuerza —no demasiada—, porque es un acto lindo y placentero, no violento. Abra nuevamente sus brazos, soltando despacio. La acción puede estar acompañada por cierta gesticulación facial acorde al tipo de encuentro: alegría, tristeza, compasión, sorpresa, consuelo. Así que, de ser necesario, sonría, llore, ría, dígale al otro cuánto lo quiere. No la utilice de manera excesiva o lo tildarán de pesado o meloso.

Nadie necesita que le digan cómo sucede porque abrazar es un acto de habitus.

Los hay de todo tipo: de despedida o en respuesta; largos, cortos; los que curan heridas o dan seguridad; aquellos que mueven montañas y traspasan las más consolidadas armaduras; los hay malinterpretados, incómodos, falsos. Cuidado con estos últimos. La principal diferencia suele estar en el sentimiento con el que se manifiestan. Pero uno se da cuenta, se distinguen con facilidad. Los abrazos falsos sientan mal, caen pesados al estómago. La gesticulación que acompaña: ceño fruncido, sonrisa confusa; palmaditas en la espalda o sonrisa exagerada, según de qué lado estés. Abrazar puede ser determinante, puede valer más que cualquier «perdón»; dice más que las palabras, puede significar un contá conmigo para lo que necesites, me preocupo, me interesa, no me da igual, te quiero o gracias. Hay personas que saludan siempre con un abrazo —aunque te hayan visto ayer— y otras que no abrazan nunca.

Hay que practicar este arte. Es tal la importancia física que no hay emoticón que pueda representarlo correctamente. No te la pueden contar, ningún diccionario te lo define. Nuestro abrazo fue de reencuentro y los de esta categoría son toda una ceremonia que implica una carrera hasta que las almas se encuentran en un punto y los cuerpos se abrazan, alzan, danzan, giran, gritan, besan, todo en un mismo proceso. Los abrazos hay que recibirlos, darlos y —sobre todo— saber pedirlos.