UN MANOJO DE EMOCIONES

UN MANOJO DE EMOCIONES
En un viaje a Rosario, por el año ’96 o ’97, en el asiento de atrás del auto de mi viejo, escuché por primera vez en la radio a Los Caballeros de la Quema. Hasta ese entonces, escuchaba la música heredada. Todo lo que sonaba en casa me gustaba pero no era un elección en sí misma, sino que llegaba por una hermosa pesada herencia: Sabina, Serrat, Sui Generis, Almendra y el flaco Spinetta
 
Debo confesar que Fito fue mi primer amor en mi niñez musical. Caminar por Rosario los fines de semana que iba a visitar a mi viejo, con Páez de fondo, me enamoraba. 
 
En esta especie de explosión emocional que acarreo, me emociono y desvarío. Pero volvemos a lo importante: Caballeros apareció por primera vez en forma de canción. Se llamaba Hasta estallar y pertenecía a su disco Perros, Perros y Perros. Me quedó tatuada en la memoria esa frase que dice: “Me abrazo a la rabia de los vencidos, que cruzan sin mapas la oscuridad”.
 
A partir de ahí, Caballeros se apropió de mi adolescencia. Mis vueltas en el 132 después de salir del colegio -desde Almagro a Bajo Flores-, consistían en pasar una y otra vez los cassettes grabados en casa en un walkman (qué difícil era conectar los temas cuando el lado A se llenaba, vestigios de otras épocas). 
 
Con Caballeros enfermé a todos mis amigos y compañeros de secundaria: “Che, escuchate esta banda, mirá este tema, te presto los discos, vos pasame los tuyos de la banda que te gusta”, negociaba y nacía así un Spotify más rústico.
 
También estuvieron en mi intento de enamorar a mi actual mujer, a la cual le grabé -como un romántico incurable- un cassette que contenía Mientras haya luces de bar.
 
Caballeros fue mi descubrimiento como sujeto crítico, de la mano de Primavera Negra y su frase que dice: “Los barrios pueden ser trincheras cuando la guerra viene frasco chico”; o con su tema a las Madres de Plaza de Mayo, o Con el agua en los pies, La Crapula, Los Miserables y Tibia Peste. Estas canciones reflejaban el proceso de descomposición social que ahogaba a la Argentina hasta explotar en 2001. Para todos los pibes de nuestra generación, ese fue tal vez el hecho político más trágico que vivimos en nuestra corta edad. Recuerdo salir a la calle en medio de esa hecatombe que era el país con Rajá rata a todo volumen  y esa verdad hecha carne que gritaba: “Cuando suena suena el río, se viene viene el agua”.
 
Caballeros también se apropió de mis primeros recitales de Rock en Tigre, Flight CITY, Obras, Teatro de Lacroze y Whisky a GOGO
 
Caballeros fue mi campera de jean con la Q, que me acompañó incansablemente, hiciera frío o calor, en todos mis días de secundaria; acompañada por supuesta de una mochila que tenía el dibujo representado en Sangrando, su segundo disco. Ese fue también mi primer lapsus de artista plástico, remarcando el símbolo con Liquid Paper. Tristemente, ese lapsus quedó sólo en eso y el incipiente inicio en una carrera de Bellas Artes es aún hoy una cuenta pendiente.
 
Fueron la banda de sonido de mi adolescencia, de mi juventud en ciernes. Recuerdo cuando volví del colegio una tarde y a través de un comunicado colgado en su vieja web, anunciaban su separación. Sentí que una locomotora pasaba por arriba mío. Volví al cajón donde guardaba las entradas de los recitales y miré una por una tratando de que esos papelitos me den las respuestas que no tenía. El fatalismo existencial adolescente es genial, muy a mi pesar, ese rasgo sigue activo en mí actualmente.
 
Mañana se cierra un círculo. O se abre. Vaya uno a saber. Por unas horas todo volverá a ser como era,  volveremos a gritar esas viejas canciones como verdades, a emocionarnos con verlos una vez a más ahí, arriba de un escenario. Volveremos por un rato y, como dice otra frase de la canción que escuché por primera vez en el asiento de atrás del auto de papá, “a buscar el olor del mundo que perdimos”.
 
Gracias por volver, Caballeros.