UN RUGIDO CONJUNTO

UN RUGIDO CONJUNTO

Cuando un recital late, salen las emociones a flor de piel. Rugen desde el escenario y la respuesta es todavía más pasional desde abajo, desde esas individualidades colectivas que lo son todo para una banda. Ese amor correspondido, ese placer compartido, esa generosidad de compartir el arte para aliviar las penas. Del otro lado, ese pogo con hambre de satisfacción.

Hay shows donde se siente en la piel esa magia, esa conexión, ese entendimiento mutuo, ese exorcismo de sentimientos y sensaciones y esa idea de que el tiempo se detiene justo ahí, irrepetible, imposible de rebobinar. Qué paradoja, pareciera, al mismo tiempo de gran sinergia, haber una desconexión del mundo terrenal para lograr entrar en otro plano, para ir más allá.

Donde conmueve esa atracción mutua, tan sensual, border, vertiginosa, desconocida y familiar al mismo tiempo. Donde se siente esa hermosa sensación de liviandad, solo comparable cuando dos miradas —que por ahí ya se conocían de otras vidas— se (re)encuentran, se sienten, se desean. Vuelven a latir y a rugir.