UN VIAJE AL INTERIOR DE BEIJING Y SU CULTURA MILENARIA

UN VIAJE AL INTERIOR DE BEIJING Y SU CULTURA MILENARIA

Tan gigante como superpoblada, China podría considerarse una desconocida para los viajeros o turistas. Quizá por su lejanía -desde estos pagos-, este estado soberano de Asia Oriental, no es muy elegido –y mucho menos visitado- por turistas occidentales. Pero ¿qué me van a hablar de lejanía, si ya estábamos de aquel lado del charco? Mochilas y valijas en mano, una nueva odisea nos esperaba en una de las ciudades más populosas y extensas del mundo: Beijing.

Bienvenidos a China, sálvese quien pueda! ¿Será que esta gran sociedad con millones de hijos únicos, quedó sentenciada al egoísmo y el desinterés social? Claro está que no es culpa de ellos; pero bastó poner un pie en el aeropuerto para que algunas rueditas de valijas le pasaran por arriba, y algún codazo se hiciera sentir. Desde entonces supimos que la amabilidad, el respeto y el orden, eran asuntos olvidados en esa tierra, y que regía la ley de la selva (a nuestro juego nos llamaron).

Tren y subte y ya estábamos en el destino indicado. No resulta un detalle menor aclarar que cada estación de subte tiene como mínimo 4 salidas, todas con la seguridad y la cinta de escaneo correspondiente, y si te equivocas de salida, podrías llegar a caminar hasta 400 metros de más. Según el mapa, Dongcheng era el barrio; y como tal, los locales andaban por la vía pública corriendo, escupiendo mocos y escupitajos. Estábamos en cercanías de la calle comercial peatonal Wangfujing, locales lujosos y primeras marcas; un poquito más adelante nos encontramos el famoso mercado nocturno de Wangfujing donde hay todo tipo de comida exótica. Leáse: muchos insectos y bichos raros. Sí, esos que comía Marley en sus programas.

Primer objetivo: la Ciudad Prohibida, antigua residencia del Emperador, que fue abierta al público en 1949 tras la proclamación oficial como la República Popular de China, con Mao Tse-tung como presidente. Largas colas para poder visitar esta “ciudad” que guarda algo de misterio, y convoca a cientos –o miles- de habitantes de todas partes de China (a no olvidarse el pasaporte o documento chino, porque no entrás y en ningún lado lo advierten). Tan enorme por fuera, como imponente por dentro, cientos de pasillos, pasadizos, escaleras, templos y ostentaciones, no daban tregua al encanto. Detrás de la Ciudad Prohibida, el Parque Jingshab regala una excelente vista desde lo alto; que deja apreciar cada rincón de la Ciudad cual si fuera una maqueta. Ante la necesidad de un descanso, alejándonos de estos pagos, un poquito más allá, el Parque Beihai nos ofreció un paisaje muy particular y distante de lo que, en líneas generales, es Beijing: un gran lago, con sus embarcaciones turísticas con formas de dragón y algunos a pedal –al gran estilo Lagos de Palermo-, enmarcado en largas y trabajadas pasarelas, con pinturas legendarias y coloridas.

Tan particular como esperado: La Muralla China, una de las 7 maravillas del mundo moderno hechas por el hombre, y no hay dudas que merece estar en ese ranking. Llegamos a Mutianyu, uno de los 3 sectores en los que se puede acceder a los más de 8.000 km de muralla, con una humedad y un calor intenso, y le pusimos el cuerpo a la subida por sus interminables escaleras (Ojo! Existe la posibilidad de subir en teleférico). Subidas y bajadas, zig-zag para un lado y para el otro, pasarelas entre las distintas torres, y una profunda vista que se dejó entrever en algún claro. Cientos y cientos de chinos y chinitos, algunos pocos turistas, y una buena cantidad de imágenes grabadas en las retinas.

No estuvo en Beijing quién no pisó la Plaza Tiananmen, la plaza más grande del mundo, cuyo centro está condecorado con el gran retrato de Mao, aunque bien podría pensarse que para el pueblo chino, Mao es aún más inmenso que su propio retrato. Sus ideales tuvieron gran difusión en la República Popular de China y el culto a su personalidad alcanzó dimensiones extraordinarias. Dentro de la Plaza, se encuentra su Mausoleo y lograr visitarlo es una verdadera odisea. Millones de chinos rinden tributo a su líder durante todo el año; todos los días, más los fines de semana y adivinen qué día fuimos? Sí, DOMINGO!, una “peregrinación” de locales y unos poquitísimos turistas se convocan en la plaza para entrar al Mausoleo con su ofrenda a Mao.

La experiencia fue única. Si tenemos en cuenta lo que apuntamos unos párrafos más arriba, acertar la salida del subte que corresponde; ubicarse en la fila correcta (UN DOMINGO!); encontrar la oficina de turismo para dejar mochilas, bolsos, carteras, cámaras, etc.; no morir deshidratado por el calor; y que no se te colen los chinos, es un verdadero triunfo: dos pasarelas de paso constante, alrededor del cuerpo embalsamado rodeado de miles de flores blancas ofrecidas por sus visitantes. Misión cumplida! Por otro costado de la enorme Plaza, se encuentran el Museo Nacional, el Gran Salón y un Monumento a los Héroes del Pueblo.

China Imperial, sus templos, jardines y palacios. Una verdadera belleza, llena de historia, de mitos y de suntuosidades. El Templo del Cielo, Patrimonio de la Humanidad desde 1988 inspira armonía. Fue la sede del gobierno chino durante siglos, era el recinto donde los antiguos Emperadores de China acudían cada año para orar por el bien de las cosechas. Un salón de oración, una bóveda y un altar circular, convergen dentro de mármoles relucientes y un paisaje realmente hermoso. Como si nos persiguieran los paparazzis, pero disfrazados de chinos con cámaras o celulares en mano listos para la foto, anonadados de ver occidentales y con rulos, después de algunas sonrisas y poses, nos escapamos con destino al Palacio de Verano, que supo ser el jardín imperial por varias dinastías, para luego convertirse en el refugio que la dinastía Qing utilizó para escapar de los calurosos veranos de la Ciudad Prohibida (cabe aclarar que no es para nada fresco, tampoco). Con más de 290 hectáreas, el Palacio de Verano está rodeado por el Lago Kunming. Allí todo sugiere calma y tranquilidad, en un escenario colmado de templos, palacios y jardines que hacen de la visita, un verdadero placer.

Tan lejos de casa, como de las redes sociales y el (in)necesario Whatsapp, Beijing nos hizo sentir como en casa. ¿Otra cultura? Sí. ¿Otros sabores? También. Pero la aventura de la convivencia en un constante desorden, no nos resultó ajeno. Ahí, del otro lado el charco, encontramos una de las culturas milenarias más influyentes de la humanidad. Esta capital cultural China permite remontarse al pasado, y ofrece un continuo viaje en el tiempo a épocas ancestrales que merece ser vivido.