Una tarde atípica

Una tarde atípica

Se dicen mil cosas sobre nuestra generación: que nos chupa todo un huevo, que no tenemos relaciones de verdad ni duraderas, que no conocemos la vida real más allá de un telefonito. ¿Cómo hago, entonces, para explicarle a todos esos lo que yo sentí con una sola tarde al lado tuyo?

Como muchas de las relaciones actuales, nos conocimos en alguna red social: intercambiando algún que otro llamado de atención enjaulado en un ‘me gusta’, en un retweet, en un like en una foto. Entre charla y charla hubo algo que pregonó: tus ganas de hablar y mis ganas de hacerte reír.

¿Cómo mierda no voy a querer verte si un día me tiraste “Yo soy lo peor que te puede pasar”? Capricho o sincero sentimiento, necesitaba vivir todo eso que podías llegar a generar.

Fue como lo pensé, te escuché hablar (cómo te gusta…) mientras te miraba y no lo podía creer: me perdía entre tu voz, tu firmeza, tu autodeterminación y el -hermoso- color de tus ojos. Creo haber logrado algo casi imposible en esa tarde atípica: no tengo recuerdos de haber mirado el celular ni un solo segundo.

Nos levantamos de donde estábamos, nos fuimos a Paseo La Plaza (donde un día yo empecé la carrera que tanto amo y que hoy me permite escribir). No creo en las casualidades. En la sala donde yo tuve alguna clase, vos debutaste el año pasado en una obra de teatro. Algo nos unía a ese lugar, algo hizo que ese primer beso y todo ese rato entre risas y abrazos fuera tan especial.

Llegó el momento de levantarnos y de acompañarte hasta la misma parada de bondi en donde, hace no mucho, lo esperaba con otra persona muy especial (quizá otra coincidencia). Una lástima: por primera vez en mi vida, el colectivo llegó rápido cuando no quería ni que se asomara. Vos te subiste y nos dimos ese último abrazo.
A los días, semanas, viví el ¿final? de esto. Empecé a hundirme como aquel barco, pero al glaciar lo vi al momento de zarpar.