VALENTINA COOKE: UNA CHICA DE ESPIRITU NOMADE

VALENTINA COOKE: UNA CHICA DE ESPIRITU NOMADE

De chica Valentina se la pasaba dando vuelta las cosas de su casa: movía el sillón, las camas, los muebles. Pasaban algunas semanas y todo volvía a cambiar de lugar. “Lo quieto se muere”, asegura. 

Hoy la cantante tiene 36 años y tres discos autogestivos (Despertar, 2008; Amor y Miedo, 2014; Instinto Animal, 2017). Dice que ya no cambia las cosas de lugar aunque sigue aburriéndose rápido de lo que la rodea y que, por eso, no se encasilla en un solo género musical: su estilo se pasea libre entre el R&B, el soul, el rock, el hip hop y el rap. 

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Son casi las diez de la mañana de un miércoles frío y soleado de junio. Valentina Cooke sale de su casa, cierra la puerta con llave y apura el paso hacia el bar que está en la esquina de Álvarez Thomas y Concepción Arenal, en el barrio porteño de Colegiales:

—Disculpá la hora.  Juli (su prensa) acaba de ser papá.

La cantante viste de gris: usa una calza y un buzo que le llega hasta los muslos. Es delgada, apenas pasa el metro sesenta y sus ojos rasgados y celestes contrastan con el color fuego de su pelo.

Oriunda de la Patagonia, Valentina se crió en un pueblo de Río Negro llamado Mallín Ahogado (donde según el último censo del INDEC habitan sólo 65 personas) junto a sus padres Mike Cooke y Cecilia Salomón, y sus cinco hermanos: dos mujeres y tres varones.

—¿Cómo era la convivencia con ellos?

—Era un caos, pero dentro del caos estábamos bastante organizaditos. Mi vieja tenía una escuela militar bastante fuerte y nos tenía cagando, laburando.

—¿Trabajaron desde muy chicos?

—Vivíamos en el medio de la montaña, en el campo. Teníamos que cortar leña, ir a buscar agua, hacer el pan. Todos laburábamos mucho en casa.

Los años en el sur no fueron fáciles. Sin embargo Valentina tampoco se atreve a decir que fueron malos. Frunce el ceño y la mirada se le endurece: no le gusta decir que tuvo una vida difícil; no se lo permite, aunque la tuvo.

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Tenía 15 años cuando, envuelta en una rebeldía adolescente, decidió venir a Buenos Aires: había dejado la escuela, sus padres estaban separados y la forma de vida del campo la incomodaba. Sin embargo,  ella recalca sólo dos cosas: la primera, que vino sola; y la segunda, que lo hizo por amor.

—Yo estaba viviendo unas circunstancias raras. Quería irme, no sabía adónde. Me enamoré mucho de Gaspar (guitarrista del Indio Solari y líder de La Mono Trío) y me dijo que venga.

—¿Tus papás cómo lo tomaron?

—Mi vieja intentó frenarme pero se dio cuenta que no podía. Ayudó que había confianza, yo no me estaba viniendo a la nada: mis viejos eran amigos de los papás de Gaspar, entonces ahí terminó aflojando.

—¿Vivieron con los papás de él?

—Paramos en la casa de su mamá. Vivimos dos años ahí hasta que juntamos plata y nos fuimos a la casa donde estamos ahora.

En la ciudad, tuvo que acostumbrarse a otros tiempos y formas de vida. “Vine y me puse a laburar -dice- me acuerdo que tenía que mentir en la edad porque era menor y no me querían tomar en los trabajos”. Al principio quería volver a Río Negro: “Me costó el encierro, adaptarme a una vida de PH. Durante un tiempo lo sufrí, me generaba mucha ansiedad”. 

—¿No retomaste los estudias acá?

—En su momento no se me cruzó. Vivíamos en una burbuja con Gaspar, queríamos tener un hijo, tuvimos un hijo, esperamos cinco años y tuvimos otro. Y siempre me costó el tema de la escuela, socializar… No me llevaba con las normas, con los horarios, con nada de eso.

Valentina tenía 16 años cuando nace Karim, su primer hijo. Mientras los pibes de su edad estaban estudiando, viendo qué hacer de su vida, ella había elegido ser madre: “Necesitaba una contención emocional que no estaba teniendo y con mi compañero hicimos una familia con mucha conciencia y con mucho amor siendo que éramos muy chiquitos.  Después de grande dije ‘hubiera estado bueno tener la estructura educativa’ pero el camino que tomé también me fue llevando donde hoy estoy y la verdad que no me arrepiento”.

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El sol entra por la ventana del bar y pega en el perfil derecho de Valentina. Ella le da un sorbo al café con leche y sostiene la mirada hacia una esquina del local. De repente, sonríe y dice: “De chica siempre tuve esa sensación de no pertenecer, de preguntarme cuál era mi lugar en este mundo. En los laburos veía a mis compañeras súper alegres y yo decía ‘¿de qué carajo se ríen?’ ‘¿por qué son tan felices?’. Apoya la taza en la mesa y sigue: dice que “no es de resentida”, que siempre tuvo “un mundillo interno”.

—Supongo que de ahí viene la música, porque creo que ése es mi lugar. Cuando compuse la primera canción sentí que no iba poder dejar de hacerlo. Lo más importante es el momento de crear, que también te lleva a un estado de mierda: te metés en un lugar de búsqueda, te encontrás con un montón de emociones. Pero en el momento en que la canción está completa no lo podes dejar, es como una adicción.

—¿Y ser una artista independiente? ¿Cómo es?

—Todo depende de vos. La época del mercado musical que me tocó fue muy bisagra entre la vieja forma de laburar en este ambiente y la de ahora. Cuando saqué mi primer disco lo fabriqué y lo distribuí en todas las disquerías del país: duró dos meses porque las disquerías comenzaron a vender lavarropas. Musimundo dejó de existir. Vino la era digital donde la música se consume de manera gratuita, que por un lado está buenísimo pero para laburar de manera independiente es raro. Desde otro punto de vista es un poco más verdadero si se quiere: las reproducciones son las que dicen si lo que hacés funciona. Por ahí que te gestiones todo vos tiene más valor: te pone en otro lugar.

—¿Eso te llevó a replantearte la carrera alguna vez?

—Todo el tiempo, pero no sólo desde lo económico. Son crisis artísticas que me agarran cuando no estoy satisfecha con lo que estoy haciendo. Entro en un conflicto conmigo misma: soy muy exigente. A veces siento que no encuentro la identidad en la música. No me gusta estar en un solo género: mi identidad son todos los géneros y eso quizás me perjudica porque la gente necesita meterte en una caja que diga ‘vos sos esto’ y la gente que escucha ‘esto’ te va a seguir.

—¿Cómo te llevás con el trap? ¿Te gusta?

—Me encanta, estoy haciendo trap. Eso me pasa: cuando aparecen nuevas vetas musicales necesito incorporarlas. Si me gusta lo hago. No tengo prejuicios. No me importa si tiene coherencia o no con lo que venía haciendo, me chupa un huevo.

A la artista patagónica sólo le importa hacer música que la “cebe”.  Cuando escucha sonidos nuevos siente, como un capricho, que tiene que usarlos: incursiona en otros estilos convencida de que a su público le va a gustar. Asegura que no hace “lo que funciona”, y pregunta casi como un reto: “¿qué es lo que funciona?”.

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El movimiento de mujeres asegura que es “una revolución de amor”: “Todo lo que pasa en los grupos de WhatsApp, la manera de comunicarnos, el apoyo. Es un género oprimido que dentro de esa opresión una de sus funciones era dar amor. Ahora ese amor nos lo damos a nosotras”. Valentina fue una de las impulsoras de Músicas Activas Argentinas, el colectivo de artistas mujeres a favor de la legalización del aborto.

—Tanto yo como muchas colegas estábamos todo el tiempo mostrándonos a favor del proyecto de ley de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Siempre estábamos comentando o posteando algo y surgió la idea de juntarnos y hacer algo para fortalecerlo desde el área de la música. Un poco inspiradas en el movimiento de actrices que están súper organizadas. Nosotras como artistas tenemos otro tipo de influencia sobre las personas, podemos llegar a sectores que por ahí los partidos políticos no llegan.

—¿Te sorprende la influencia de la Iglesia?

—Me da bronca. ¿Cómo puede ser que todavía tengan credibilidad? Mataron a los pueblos originarios, nos colonizaron con la Iglesia, nos robaron la historia, hay pedófilos. La gente no lo quiere ver, quizás eso está relacionado con el miedo que nos inculcó esa institución: “son los enviados de Dios”. Sobre todo es muy fuerte su influencia en los sectores más pobres. Y por eso cuesta arrancarla de la sociedad. El miedo es la herramienta más fuerte de la historia: te ponen contra vos mismo, manipulan tus emociones y tu cabeza. Te hacen sentir que estás haciendo todo mal, que lo que sentís está mal. Hay que sacar eso de las generaciones más grandes. Por ahí esa gente en el fondo piensan que debería aprobarse el proyecto pero está ese culto al miedo. Por eso es fundamental la separación del Estado de la iglesia.