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Por segunda vez elijo cubrir el recital de esta banda. Quizás porque la melancolía de lo perdido que puede volver a escucharse me lleva a creer que Soda todavía tiene una voz. Tal vez también porque me resulta placentero ser coro de la banda, repetir las letras que a mis 15 años canté hasta al hartazgo arriba de lo que escuchaba a través del discman.

El hecho es que fui a Groove y después de un largo operativo estatal que chequea el “buen estado” del espacio para un recital (verte feliz no es nada es todo lo que hacemos por tí…) pudimos entrar. El lugar es multifacético: puede reunir en un mismo fin de semana a Sobredosis de Soda y a Las Manos de Filippi. La banda que abrió la noche fue Coche. Un estilo que devuelve algo de Soda, Virus, Illya Kuryaki. Los temas se encuentran en un relajo de sábado, una microatmósfera donde se ausenta el uso crítico de las letras. Es más bien un cantar lo que nos pasa cuando nos olvidamos de los problemas (por un rato).

Sobredosis de Soda abrió su show con Signos, en la versión más cercana a la del último concierto del ’97 (anteúltimo, para no faltar a la verdad) de Soda Stereo donde el punteo inicial y el contraste con el hueco del silencio erizan pelos por doquier. En ese momento pensé en la potencia que la banda tiene como motor constructivo para devolver el pasado admirable. Se nota el ensayo cuidado y el esfuerzo en los detalles. Es ahí donde la escucha se pelea con la idea de que los tributos no merecen tributos, que la apuesta a lo nuevo debería ser el desafío. Pero cuesta resistirse a esa escucha recreada.

Lo que impera en los espectadores es la introspección: la mayoría corea, repite los temas y cierra los ojos. Quizás hay un viaje largo hacia décadas del pasado sodero. “Suena igual a Soda”, dirán luego varios amigos que escucharon los audios en los que grabé Persiana americana y Prófugos. La lista siguió con éxitos en la voz de Mario Albergoli: Séptimo día, Canción animal, Caníbales, Sobredosis de TV. Sorprende la actualidad de Ciudad de la furia: “Buenos Aires se ve tan susceptible, es el destino de furia, es lo que en sus caras persiste”. Sabemos de un afuera a Groove donde la furia gesta la necesidad del movimiento, cualquiera sea este.

Música ligera no cerró el show y en el escenario hubo mucho más que tres: Marcelo Moura apareció con una increíble humildad. Se filtró entre los instrumentos, se abrió paso y quedó de cara a los aplausos. Cálida bienvenida a quien lleva el virus rockero como continuidad de los ochentas y noventas que vieron crecer juntos a Soda Stereo y Virus, allá lejos y hace tiempo. Un Wadu wadu explosivo invitó al movimiento y un tema del disco Disculpen la Demoura quedó como muestra gratis del trabajo de Marcelo en nuevos escenarios.

Para que no decayera el casi sábado, el cierre fue con Te hace falta vitaminas y Jet set. La invitación para seguirla quedó fijada: 6 de mayo en Groove.

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