El inolvidable viaje de Gilmour

El inolvidable viaje de Gilmour

Varias décadas después, Gilmour llegó a Argentina por primera vez en su historia para presentar su reciente trabajo solista, Rattle that lock, y desenfundar una buena cantidad de clásicos de Pink Floyd en un show que superó todas las expectativas e hizo valer la pena los incontables años de espera.

La pésima organización del evento provocó demoras en los ingresos y egresos del predio: el Hipódromo de San Isidro, locación que no se encontraba en condiciones de albergar un acontecimiento de esta magnitud, con más de 80 mil asistentes. Problemas en los accesos a estacionamientos, falta de control y ausencia total de personal de seguridad,  escasez de pantallas y torres de sonido en algunas ubicaciones fueron otras de las aberrantes molestias que sufrió el público, que una vez finalizado el show demoró más de 1 hora en lograr salir. De todas formas, los contratiempos sufridos por la organización del show no lograron opacar lo que fue una performance magnífica del ex Pink Floyd.

El recital comenzó pasadas las 21 horas de la mano de 5 AM, Rattle that lock y Faces of stone, en idéntico orden al tracklist de su último trabajo discográfico, presentado casi en su totalidad durante la noche. El momento más esperado llegó con Wish you were here, el primer clásico de Pink Floyd, en una perfecta y deliciosa performance que encandiló a todas las almas presentes. A boat lies waiting y The blue –la única canción solista no perteneciente a Rattle that lock que integró el setlist- sirvieron como excusa para desplegar toda la magia de Gilmour con las seis cuerdas, esa simple e inigualable perfección sonora que emana de cada nota reproducida por las manos del astro británico.

El primer guiño a The dark side of the moon llegó de la mano de Money y Us and them, en una réplica implacable de dichas versiones. Méritos para los compañeros de escenario de Gilmour, con un sobresaliente Joao Mello en saxo. La calidad de todos los músicos y el sonido de la banda fueron otros de los puntos altos durante toda la presentación. Promediando la hora de show, sonaron In any tongue y High hopes, perteneciente al disco The division bell de 1996, donde Gilmour se cargó al hombro la última aventura de Pink Floyd.

Luego del primer receso, llegaría la primera sorpresa de la noche: la psicodélica Astronomy domine, canción inaugural del primer disco de Pink Floyd –donde Gilmour no participó- lo cual fue una suerte de homenaje a su autor, el mismísimo Syd Barret. El recuerdo continuó con la sublime Shine on you crazy diamond (Parts I-V), en un extraordinario paseo sonoro de más de 12 minutos.

La segunda sorpresa llegó  antes de lo esperado de la mano de Fat old sun, convirtiendo al show en un emocionante y variado revival, que atravesó casi toda la discografía de una de las bandas más grandes de la historia.

The girl in the yellow dress fue otra de las gemas que justificó la presentación de la última etapa solista de Gilmour, demostrando toda la capacidad y amplitud de repertorio de su banda, en un soft jazz impecable.

La épica floydeana continuó haciéndose presente de la mano de Sorrow y Run like hell, pieza en la que todos los músicos tocaron portando anteojos negros, siendo una de las pocas atracciones visuales del show –exceptuando la característica pantalla circular proveniente de la gira de Pulse– en una noche que fue cautivada y protagonizada exclusivamente por el sonido de la música.

La banda regresó para los bises y volvió a inundar de nostalgia todo San Isidro: Time y Breathe (Reprise) le dieron el cierre perfecto a una noche que fue un viaje en el tiempo desde fines de los ’60. La guitarra y voz de David Gilmour se encargó de transportarnos a través de cada una de las fascinantes gemas musicales que emanó Pink Floyd a lo largo de su historia. La despedida, de la mano del genial solo de Comfortably numb, fue el broche de oro para una noche que seguramente será difícil de olvidar.