Mad Men: el final de una era

Mad Men: el final de una era

El pasado domingo en USA se estrenó el capítulo final de Mad Men. El lunes los fanáticos de esta serie pudimos verlo en calidad HD por el canal premium HBO. Siete temporadas confluyeron en un último episodio cargado de condimentos a los que su creador, Matthew Weiner, nos tiene acostumbrados desde hace casi una década.

A lo largo de toda la serie, Mad Men nos ha mostrado las mejores y las peores caras de todos sus personajes, en especial del tan amado y, con la misma intensidad, odiado Donald Draper (Jon Hamm), un publicista de los años ’60 que cultiva éxitos con la misma frecuencia con la que consigue fracasos.

Draper es un galán nato, bien masculino, al que ninguna mujer puede resistirse. Pero también es un huérfano abandonado, un amante empedernido que lastimó a todas sus mujeres, un padre que no puede conectarse con sus hijos y que más de una vez olvida sus responsabilidades. Además, tiene serios problemas con el alcohol, desaparece ante las situaciones difíciles y lleva una vida signada por la muerte y el abandono. Su costado más amable tiene que ver con su creatividad admirable, su inteligencia, sus raptos de sensibilidad que lo hacen parecer un niño asustado que solo necesita afecto, su solidaridad para con su equipo de trabajo -aunque también supo ser un jefe desagradecido- y su capacidad de no meterse donde no lo llaman.

Quizás vislumbrábamos para él, erróneamente, un final marcado por un suicidio, por su soledad o esperábamos que de una vez por todas se hiciera cargo de sus actos y se redimiera, dejando de lado sus costumbres egoístas. Lo cierto es que, afortunadamente -porque Mad Men siempre nos sorprende-, nada de eso ocurre. Donald parece haber encontrado su yo espiritual más profundo en un grupo de “autoayuda” hippie pero en realidad sólo se aprovecha de esta comunidad pacifista para alcanzar el éxito una vez más creando -según lo que imaginamos a través del guiño que hace el autor- una original campaña publicitaria para la marca Coca Cola. Casi me alegra pensar que, aunque la serie termine, Don seguirá siendo Don.

Su primera esposa, Betty (January Jones) es -para mí- el segundo mejor personaje de la serie y quizás el que más evolucionó durante estos ocho años. Mostrando sus mejores y peores facetas, pasó de ser la mujer ama de casa sumisa promedio de la época, a la dama irresistible que siempre deseó ser. Hizo todo lo que quiso: engañó a su marido, se divorció, se casó con otro hombre adinerado, modeló, estudió y se despidió fumando uno de sus clásicos cigarrillos mientras un cáncer de pulmón le iba quitando la fuerza para seguir en pie. La hemos visto enojada, triste, al borde de la locura, ha hecho sufrir a Don, lo ha detestado y lo ha sabido perdonar, ha coqueteado con cada hombre que se le presentó en el camino, incluso con Glenn Bishop -vecino y amigo de su hija mayor- y casi inevitablemente logró que su primogénita Sally (Kiernan Shipka) se convirtiera en una mini Betty. Supo ser la versión femenina de Don Draper, la mujer perfecta que aparentaba tenerlo todo mientras que por dentro sus miserias le pasaban factura.

Peggy Olson (Elisabeth Moss) y Joan Holloway (Christina Hendricks) intercambiaron sus desenlaces. En el comienzo de la serie, Joan representaba al arquetipo de la secretaria de ese entonces, creía que la salvación estaba en casarse, dejar de trabajar y formar una familia con un fulano que, mínimamente, pudiera mantenerla. Con el correr de los días se separó de un marido que abusaba de ella, tuvo un hijo “bastardo” con su jefe, se relacionó con un homosexual, se hizo millonaria e intentó construir un futuro con un hombre que parecía contenerla, pero no lo logró. Con muchos sacrificios a cuestas, se dio cuenta que lo único que le había hecho bien en su vida había sido trabajar y autoabastecerse. Finalmente, se despidió de los espectadores iniciando su propia productora.

Peggy, en cambio, se destacó por su carácter ambicioso, veló por sus derechos como mujer inmersa en un ambiente sumamente machista. No supo identificarse con el resto de las damas de la época, abandonó un hijo que engendró con un colega casado, dejó pasar amores y solo se enfocó en progresar profesionalmente. El éxito y el reconocimiento laboral fueron su único faro. Por momentos, dejó al descubierto su costado más miserable e inhumano; por otros se mostró sensible y comprensiva, en especial con Don, un tipo con quien forjó un vínculo casi paternalista y quien le inspiró mucho odio pero también una confianza extrema, a tal punto que fueron ellos dos quienes se ayudaron recíprocamente cuando ambos parecieron tocar fondo. El último capítulo, contra todos los pronósticos, la encontró dándose cuenta que existe algo más allá de los logros profesionales y enamorada de su compañero y compinche Stan. Un cierre que tal vez no esperábamos pero que resulta interesante para romper con las ideas estructuradas de la obsesiva Peggy.

Roger Sterling (John Slattery) y Peter Campbell (Vincent Kartheiser) tuvieron -por llamarlo de alguna forma- un final feliz. En estos ocho años, Roger perdió mujeres, afectos, dinero, empresas, se encamó con cada una de sus secretarias, se separó de la mujer de toda su vida, intentó recuperar a su hija “hippie”, volvió a casarse y a divorciarse de una esposa casi treinta años menor, descubrió que tenía un hijo pequeño, estuvo a punto de morir de un infarto y, aunque parecía ser un frívolo miserable, se mostró más de una vez como un hombre conciliador, sensible y coherente con cada una de sus relaciones. Así se despidió, habiendo encontrado aquello que siempre había buscado: un amor que lo haga sentir vivo y joven.

El personaje de Peter, en cambio, dio en la última temporada un giro inesperado. Cada vez que consiguió que lo odiáramos con todas las fuerzas, tocó fondo y nos sensibilizó nuevamente. En muchos aspectos, creo, fue un hombre que creció a lo largo de todo Mad Men. Sin dudas, maduró. Dejó de ser un jovencito asqueroso y pedante para convertirse en un señor que solo quería ser tomado en serio. Supo ser el típico “niño bien” que sacó lo peor de nosotros para transformarse en un joven que con el correr de los años se fue dando cuenta verdaderamente cuáles eran sus objetivos y qué capacidades tenía para lograrlos. Terminó consiguiendo el puesto que siempre soñó, se despidió afectuosamente de sus colegas -casi pidiendo que lo quieran- y se marchó a una nueva ciudad con su pequeña hija y su primera mujer, Trudy, que supo volver a quererlo después del amor y la decepción.

Si bien no tenía porque hacerlo, Mad Men ha dejado un mensaje claro -o al menos esa es mi interpretación-. Sin importar lo que hayamos hecho en nuestras vidas a nadie dejaremos conforme, lastimaremos a más de uno y saldremos heridos pero siempre, afortunadamente, nos quedará la fabulosa capacidad de reinventarnos y volver a andar.

Redactora: Daniela Rinaldi